No suele pensarse los Estados Unidos de Norteamérica como un Imperio. Las élites norteamericanas gustan de verse a si mismas como una democracia y juzgarse por sus «valores» en tanto que juzgan al resto de los Estados por sus actos. Esta duplicidad ha facilitado que a lo largo de su historia hayan podido predicar al mismo tiempo la democracia y la intervención indirecta o directa en otros países en defensa de sus intereses imperiales. Y aunque no cualifiquen como una democracia sino como una oligarquía, como ya se apuntó hace unos años(1), cualificación que lejos de ser una anomalía o exclusivo resultado de la evolución histórica, está en el propio origen de la fundación de la Republica a juzgar por los actos y los textos de varios de los «padres fundadores», se ha venido manteniendo la ficción según la cual son una democracia, son de hecho la «democracia» por excelencia, desde que Tocqueville la mostró al mundo. El imperio lo han creado con pluralidad de instrumentos: intervenciones directas en el exterior, con un balance poco brillante (Vietnam, Corea, Cuba, Somalia, Iraq, Afganistán), intervenciones indirectas, pagando a los agentes locales para que creen y pongan los cadáveres, con un balance más brillante (Chile, Indonesia, Filipinas, Irán, …) aunque con duraciones en el tiempo variables y con lo que es propiamente característico de esta época imperial – a diferencia de imperios anteriores como el Romano o el Hispano- apalancando sobre tres instrumentos: la innovación y las economías de escala, el dólar y la Organización Mundial del Comercio.
Son muchas las maneras de «robar» unas elecciones. Que en los Estados Unidos de Norteamérica es posible robar unas elecciones no ya locales (de lo cual hay una larga lista documentada) sino presidenciales ha quedado demostrado en el año 2.000 con la «derrota» de Al Gore ante George W. Bush, tal y como nos recuerda el documental «537 votes» estrenado en este 2020. Este robo demuestra también algo que sabíamos: que pocas veces gana el «mejor» candidato, entendiendo por mejor, el más «cualificado». Los Estados Unidos de Norteamérica, como cualquier otro lugar donde ha habido elecciones, conocen los «métodos clásicos» de robo de elecciones (de los cuales ya nos hablaban las fuentes clásicas griegas y romanas): intimidación, eliminación y suplantación de urnas y votos, falseamiento de los recuentos, dificultades para ejercer el derecho al voto, excluyendo a quienes no cumplan determinadas condiciones, dificultando físicamente la emisión del voto o haciendo imposible la inscripción en el censo electoral, modificación de las circunscripciones electorales, compra de votos. En terminología «legal» en ingles: Intimidation, Balltot Tampering, Disenfranchisement, Vote Suppression, Gerrymandering, Disinformation, Caging, Vote Buying.
Aunque todos estos asuntos apenas son «rozados» en el informe intermedio de la OSCE sobre las Elecciones Presidenciales 2020, alguna mención se hace a ellos.
Aparte de todos estos fenómenos están las otras cuatros perversiones del sistema electoral de los Estados Unidos de Norteamérica: la no proporcionalidad del Senado (cada Estado aporta 2 senadores, con independencia de la población), el Colegio Electoral (que hace posible ganar las elecciones con menos voto popular e incluso, como ya sucedió en alguna ocasión, desentenderse del «mandato» del voto popular y otorgar los votos del Colegio al partido perdedor), la financiación de las elecciones y, como no, los Jueces.
Más que el hecho puntual del «robo de elecciones» es significativo el proceso de maduración y degradación de los procesos electorales que ha «sufrido» el país. Así mientras que el «Caging» fue prohibido por la «Voting Rights Act» de 1965 -coincidiendo con las «luchas por los derechos civiles»- varios de los otros métodos han seguido expandiéndose, con mayor intensidad en lo que llevamos de Siglo XXI. El Brennan Center ha identificado algunas de las practicas que más han contribuido a la degradación del proceso democrático en USA: Especialmente relevantes son las decisiones «judiciales» de la Corte Suprema, que han afectado a la financiación de las elecciones: Super PACs, Dark Money, Multi-million dollar contributions, Unlimited corporate and union spending. En una confirmación, no se si paradójica, de la máxima «follow the money», las elecciones de 2020 en EE.UU. han sido ganadas por quién mas fondos ha reunido, a saber el candidato del «partido azul».
Es interesante constatar, en relación a los objetivos fundacionales de Iurodsto Amicus Curiae, como las decisiones judiciales del Tribunal Supremo relativas a la financiación introducen que la ausencia de prueba directa de corrupción en el estricto sentido de «quid pro quo», hace legal la financiación ilimitada y opaca de las campañas electorales. Por supuesto la «prueba» del «quid pro quo» en «diferido» o a «crédito» resulta difícil de demostrar. Pero estas decisiones de la Corte Suprema, suponen un absoluto desprecio del discurso de Rousseau, según el cual solo existirá una genuina «voluntad general», cuando los sujetos políticos se aproximen a la «igualdad» y con ellas la Corte Suprema se adentra en la «corrupción intelectual» -sobre la que hablaremos en otro momento- y proporcionan la más palmaria prueba de que los Tribunales de Justicia están deviniendo la mayor amenaza a muchas democracias y, muy sustantivamente, a la democracia en los Estados Unidos de Norteamérica.
La cantinela de la «independencia judicial» (¿de quién o de qué?: ¿de unos funcionarios respecto al pueblo soberano?), de la cual nunca ha hablado Montesquieu (si hablo de «separación de poderes», algo muy diferente), está en la base de un tipo de «lawfare», crecientemente usado en política interior y política exterior. Y el «lawfare» -con independencia del origen del término y sus diferentes interpretaciones- es literalmente, una continuación de la guerra por otros medios.
Las causas de la caída de un Imperio no son evidentes. Para explicar la desaparición del Imperio Romano se han identificado más de 210 posibles «causas». La atribución varía con el momento histórico. En el siglo XVIII, cuando el declive del «viejo orden» aristocrático parecía inevitable, las «causas» se situaron en la «corrupción moral» (Gibbon); en el XIX cuando el «enemigo interior» aparecía bajo la forma de «revueltas y revoluciones», la «causas» se encontraron en la «luchas de clases»; en el XX cuando la «retirada» de las colonias se hizo inevitable, las «causas» se encontraron en los «barbaros» que asolaron las fronteras y finalmente el centro del Imperio. Con la saliencia, en este siglo XXI, del «cambio climático» y las «epidemias» a todas las «causas» anteriores se han añadido estas dos (Harper): el punto más álgido del imperio romano coincide con el «optimo climático» de humedad, temperatura y estabilidad climática, que hace posible aumentar la tierra cultivable, la productividad agrícola y la población; su declive coincide con la población diezmada por las epidemias (especialmente al epidemia «Antonina») fácilmente propagadas por la «globalización» que indujo el Imperio y el enfriamiento del clima (que reduce la productividad y producción agrícola). La historia resulta tan interesante, no tanto porque arroje conocimiento sobre el pasado, cuanto porque arroja conocimiento sobre el presente.
Las gentes «bienpensantes» pretenden analizar el fenómeno Trump como una aberración «moral» que pasará. Trump, carente de experiencia burocrática relevante, vivió su Presidencia dentro de un mundo de «hacer cosas con palabras», aunque usó para ello la plataforma incorrecta -Twitter, notoria por su fugacidad- y decisiones negativas -destruir todo lo destruible, desde la inacción o la hiper-acción. La metonimia de su Presidencia es «you are fired», habilidad adquirida en el reality show que le ha proporcionado los únicos millones de dólares que realmente ha «ganado en su vida». Sin duda Trump pasará, pero las causas que facilitaron su irrupción no. Y la siguiente vuelta de tuerca, estará protagonizada por un autócrata mucho más competente.
Los millones de votos que ha cosechado proceden no solo de los superricos -que no son suficientes- sino, sobre todo, de los pequeños empresarios, trabajadores y parados blancos, que se ven a si mismos, como se vieron los votantes favorables al Brexit en UK, como perdedores de las políticas globalizadoras. De momento contamos con pocos estudios postelectorales, pero lo que sabemos apunta en esta línea. Esos norteamericanos blancos, heterogéneos, coinciden en parte con lo que se ha calificado como «White Trash» y han sufrido más que ningún otro grupo (en términos relativos, porque en términos absolutos los negros están todavía más abajo, incluso en el tiempo que requieren para votar), las llamadas «Deaths of Despair«. Es necesario recordar dos hechos: la esperanza de vida en EE.UU. ha comenzado a disminuir (antes del COVID-19 y antes de Trump) y la movilidad ascendente en USA está muy por detrás de países como Noruega, Dinamarca o Suecia, pese al llamado «sueño americano» (que ha resultado ser eso, un sueño). Naturalmente los salarios reales de parte de esos grupos han dejado de crecer e incluso han descendido en lo que llevamos de Siglo XXI (incluso aunque la productividad de la economía ha seguido creciendo). Y es que la movilidad ascendente, cuando no quedan «Oestes que conquistar» tiene mucho más que ver con la provisión de bienes públicos por el Estado (especialmente educación, sanidad e infraestructuras para la innovación) que crean las oportunidades de nuevos empleos, que con alguna «mágica mano invisible». Y el vínculo, convergente o divergente, entre productividad y salarios reales es «político», en el sentido en que toda economía es «economía política».
Es fascinante observar como el comercio internacional ha crecido en los últimos años. Lo que resulta más difícil de ver es el impacto que la WTO (sucesora del GATT) y los subsecuentes acuerdos de la Ronda Uruguay y Doha, han tenido en la estructura social norteamericana y aún más difícil de entender es porque las reglas han dejado de funcionar para los Estados Unidos de Norteamérica, como evidencia varios indicadores apenas ocultos tras el enorme privilegio que supone que el US$ siga siendo usado como divisa en el comercio internacional. Aunque a algunos la actual paranoia respecto de China les parezca un «deja vu» de lo vivido con Japón, la situación es muy diferente. La primera de las diferencias es que China fue, probablemente desde la desaparición del Imperio Romano y hasta el S XIX la mayor economía del mundo (Japón nunca ha ocupado ese lugar). La segunda es que el tamaño importa y mucho. La que podríamos llamar «teoría clásica del comercio internacional» dice que el intercambio se produce porque todos ganan con la especialización, dado que cada uno se concentra en aquello en lo que es mejor. La «nueva teoría del comercio internacional» dice que ese no es el único factor; el otro factor decisivo son las «economías de escala«. Durante casi un siglo, EE.UU. disfruto de ventaja en las «economías de escala» (al igual que la centralidad y el tamaño de países como Alemania les proporcionan ventaja relativa en la Unión Europea). Pero en el siglo XXI, y de un modo creciente, las economías de escala, favorecen a China, el Estado con la tradición de centralización más grande del mundo y que más decididamente ha apostado por la innovación. En Norteamérica, como en cualquier otro lugar, las empresas más afectadas por la competencia externa o innovan (y requieren menos personal y más cualificado) o pasan a competir con bajadas en los salarios o desparecen; en este contexto económico, las amenazas sobre los trabajadores de menor cualificación son evidentes: o el desempleo o salarios menores. En cualquier caso, movilidad descendente. No entender esto y perderse en la descalificación «moral» de esa gran parte de votantes de Trump, es como negar a Wittgenstein cuando «actualizó» gran parte de las «discusiones filosóficas» como resultado de las confusiones del lenguaje. El modo «torpe» como Trump se ha acercado al problema «Chino», no «elimina» el problema real, que cabe más bien calificar como el «problema Americano»: el cambio en el balance económico mundial exacerba la división de los Estados Unidos de Norteamérica, que se viene ampliando desde los años 90 del Siglo XX. Esta división es tan profunda que requiere un rediseño completo del Estado que permita a USA encontrar su lugar como «potencia regional» en un mundo multipolar (donde se firman acuerdos comerciales sin su intervención) y donde la cohesión interna se anteponga a cualquier otro objetivo. Ese rediseño es altamente improbable. Por tanto la «caída del Imperio» es mucho más probable y como todas las «caídas» estará atravesada por oportunidades para el autoritarismo y la violencia. La corrupción del sistema electoral es el síntoma, porque es la base de la corrupción del sistema político.
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(1) Este estudio ha recibido muchas criticas, cuyas respuestas pueden seguirse aquí.
Una respuesta a «El futuro del Imperio»
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